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Existen tantos colores en el mundo y me tocó ser negro. No es un tema de racismo porque este es el mejor color que me pudo haber tocado. En estos momentos estoy de moda; me llevan a trabajar, a la facultad, hago ejercicio y también me llevan a pasear. He visto tantos lugares que ya perdí la cuenta, pero lo que sí me acuerdo de cada uno es si el piso estaba limpio o no. Tengo recuerdos de ir a festivales y vuelvo con chicles pegados a mí, de ir por la playa y quemarme y muchos más. Lo que menos me gusta es cuando llueve, esos son mis peores momentos porque siempre siento que me estoy por ahogar y me mojo todo por dentro. Sin embargo hay un momento que marcó mi vida y lo recuerdo con precisión.

Estábamos por la Avenida del Libertador, el piso de la calle estaba bien asfaltado y los colores de la vereda cambiaban con cada casa. De vez en cuando me detenía a ver vidrieras y veía a otros como yo modelando. Seguía caminando y percibía distintos olores, había cerveza en el piso y estaba tan oscuro que de vez en cuando pisaba maníes. Después de pasar por varias mesas elegí una y me quede ahí con mi hermano a mi lado. Ella se movía nerviosa y yo me ponía encima para calmarla.

Al rato llegó otro par y se sentó en frente de nosotros. Este se veía más viejo y desgastado, hace mucho no se bañaba y notamos que acababa de pisar algo con olor feo. Con mi hermano nos vimos y nos pusimos tensos los dos. Arriba de la mesa escuchamos como un golpe y nos dimos cuenta de que ese era el momento de irnos.

Salimos del bar y empezamos a correr, cada vez que veíamos líneas blancas en el piso las cruzábamos para intentar alejarnos. Volteábamos y seguíamos viendo a ese par detrás de nosotros. En estos momentos no nos importó saltar sobre agua o sobre suciedades; lo único que queríamos era alejarnos lo más posible.

Después de unas cuantas cuadras encontramos un supermercado; estaba bastante alumbrado y los dos nos dirigimos hacia allí. Mirábamos hacia todos lados y los demás eran como nosotros, limpios, con olor a nuevo, de distintos colores y además se veían confiables. Descansamos un rato. Las demás zapatillas venían a preguntarnos cómo estábamos, qué fue lo que vimos y cómo pasó. Por encima nuestro se escuchaban otras voces que preguntaban qué habría pasado, qué quería esa persona, otros pedían llamar a una ambulancia y justo arriba nuestro escuchábamos gritos de dolor. 

En un momento a mi hermano le cayó una gota roja de arriba. Después me cayó una a mí y notábamos por los movimientos de los demás que algo raro estaba pasando. El piso también estaba lleno de gotas y poco a poco las demás zapatillas se iban alejando de nosotros.

Escuchamos el sonido de una sirena, de esos que siempre escuchamos a lo lejos pero nunca se nos acercó ninguna. Esta vez teníamos el sonido justo arriba nuestro. Vimos las zapatillas más blancas y limpias del mundo y tenían olor a hospital. Nos subieron a una camilla y nos llevaron. Cuando llegamos nos pusieron a los dos en el piso nuevamente y nos mandaron a dormir.