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LA ESCUELA ALCANZÓ A LOS CUATROCIENTOS ALUMNOS

La Mujer que encendió el Lucero en cada uno de sus alumnos

Jimena Pi, en contra de la limitación de la inserción laboral para un chico discapacitado, decidió enseñar gastronomía desde la infancia.

Pi, desde que empezó, busca tener una relación personal con cada alumno (A.C).

Durante toda la carrera de Psicopedagogía, Jimena Pi ya sabía que su área preferida era el de discapacidades. En el cuarto año de su carrera trabajó en formación integral en un colegio Montessori de Belgrano. Ahí presentó un proyecto para trabajar con los padres y sus hijos. En ese momento todo lo relacionado con la discapacidad mental estaba orientado hacia la inclusión social y no hacia el respeto real por las discapacidades. Ella compartía la manera de enseñanza del colegio pero a sus alumnos les faltaba una formación más general.

A los dos años el colegio cerró y habló con los papás para empezar un proyecto, algo utópico, de fundar una institución. Les sugirió que mandaran a sus hijos a otras escuelas y por la tarde hicieran un grupo social y cognitivo donde trabajaran los temas que otras instituciones no les enseñaban. Los padres de seis chicos depositaron totalmente su confianza en ella y poco a poco se fueron sumando más que fracasaban en el sistema y necesitaban otra alternativa. Ella tenía la ventaja de al no haber tantas leyes para este tipo de instituciones, podría ser más flexible en lo que quisieran hacer.

Encontró una casa en la localidad de Martínez y junto a su amiga, Leandra Garófalo, hacían todas las tareas del colegio: dirigir, administrar, enseñar, cocinar y hasta limpiar. Este lugar funcionó momentáneamente como colegio hasta que en el 2001 encontraron la casa perfecta y decidieron quedarse allí. El Lucero del Alba fue creciendo cada vez más y hoy cuenta con 400 alumnos y más de 150 profesionales.

Según Teresa Lozano, mamá del colegio, Jimena es una mujer muy cálida que tiene bien claro el concepto de discapacidad. Se encarga de acompañar a todos sus alumnos desde pequeños y eso le permite construir una educación personalizada. La directora prepara a cada alumno de manera distinta para el momento de dejar el colegio; por ejemplo, Carolina Ketelholn, mamá de Azul, dice que la ayudan en su autonomía y confía que en el momento de algún problema puede volver y Jimena va a estar ahí para acompañarla.

El fuerte de este colegio privado es brindar herramientas que en el futuro los alumnos usarían para valerse de ellos mismos y para que sean lo más independientes posible. El colegio se centra en la enseñanza de gastronomía, sobre todo a la hora del té; buscan que sea atractiva y rica. Tienen un local que se llama Delicias del Lucero donde los mismos alumnos se encargan de su administración, otros cocinan, atienden al público y manejan la caja. Todo depende de sus capacidades. Con esta metodología buscan que los alumnos se desempeñen en el área que mejor les sienta entre una gran cantidad de opciones.

Jimena Pi siempre pensó que la formación técnica (el hacer) y la formación general (el saber) deberían coexistir. Dice que es más fácil enseñar el cómo hacer, pero el verdadero desafío al que ella y los demás profesionales del colegio se enfrentan, está en agregar el por qué se hace así.

El Lucero del Alba está en su vigésimo aniversario y hay tres promociones de egresados; chicos a los que Jimena tuvo desde los seis años y vio crecer. Hoy estos chicos trabajan en lo que les gusta y Jimena siempre ayudó en su búsqueda laboral, por ejemplo, un chico trabaja en el área de administración de la institución y otros dos trabajan en un proyecto de inclusión de YPF.  Por más que hayan terminado el ese periodo, ella se reúne de vez en cuando con ellos para preguntarles cómo les está yendo en su vida fuera del colegio.